Caminar I

William Finnegan aseguraba que surfear nos hace más humildes. Yo, que nunca he surfeado y que, como buen cartago clasemediero, ni siquiera sé nadar, pienso que caminar nos hace más humildes. 

Alguien podría decir que no se trata de proposiciones excluyentes. Y es cierto: de repente se puede ser tan humilde en una tabla de surf como en una acera de cualquiera. 

Pero, repito, yo no sé surfear. 

Cuando hablo de caminar no me refiero únicamente a ese crossfit del paisaje al que llamamos hiking. Tampoco hablo de caminar como prescripción médica ni como forma de conjurar los pliegues de tiempo que se rebalsan por la pretina del pantalón. Hablo de baños de multitud en ciudades o pueblos. Hablo de la íngrima implicación en el continuo. Hablo de caminar en el sentido que lo entiende Laura Flores Valle: como única forma posible de llorar cuando un amigo ha muerto y la ciudad entera está bloqueada por la furia de los sindicatos. 

Todos las mañanas, cuando voy a comprar desayuno, me topo montones de personas que caminan hacia sus trabajos. La mayoría, por cierto, son mujeres. 

Mujeres agitadas. 

Mujeres a quienes presumo empleadas domésticas. 

Son las siete de la mañana y en las aceras se forman verdaderos racimos de mujeres que caminan con sus bolsos impacientes.  A menudo van riendo y yo imagino que, de seguro, chismean y se burlan de sus jefes como santos pícaros que bajan de las hornacinas para comentar indiscretas confesiones. Imagino el itinerario de esos posibles sánguches que llevan en sus bolsos: sánguches, quizás, no tan trágicos como el que imaginó González Tañón en el bolso de un obrero ahogado, pero sánguches al fin. 

Algunas cuentan con ciertas prerrogativas: llegan con las llaves de la casa de los señores y entran directamente en vez de tocar el timbre.  Otras esperan al pie de los portones o simplemente se demoran en las esquinas como perezosos engranajes de una maquinaria crucial. 

Su nombre propio, regularmente, ha sido sustituido por la voz primigenia, errática,  de los niños ajenos. Los niños de los señores. 

Cosas tipo Nana, Ata, Baba, Mima o Nena.

Así se llaman. 

Así las llaman. 

Casi podría asegurarse que cada mocoso que balbucea una palabra, al mismo tiempo, está convocándolas. 

FABIÁN COTO CHAVES

@fabicocha