Un pueblo en tránsito

JOSÉ PABLO PORRAS MONGE

Estoy en la estación de autobuses que salen al occidente y norte del país. Un tumulto de personas a mi alrededor hablan en francés junto a mí. No estoy en una central de Marsella o París. Estoy en la ciudad de San José, a mi lado unos veinte migrantes haitianos esperan el autobús que los va a llevar hasta la frontera con Nicaragua, y de allí a continuar su ruta hasta el norte del continente. A lo largo de la historia, la región centroamericana ha sido un lugar de paso. Hace un par de años en El Castillo del Río San Juan, fuí testigo de otro movimiento de personas, en la dirección opuesta.

Mineros nicaragüenses atravesando ilegalmente la frontera para explotar furtivamente los yacimientos áureos de Crucitas en Costa Rica. Lo que sorprende, es que a más de cien años de la Vía del tránsito, de la construcción del Canal de Panamá, Centroamérica siga siendo una especie de última frontera del continente, un lugar donde surge el caos, al límite de lo inadmisible.

Hoy no se trata solo del flujo de personas a través del estrecho dudoso de América, se trata también de la salida continua de centroamericanos a otras tierras. Esta diáspora multicultural es un río continuo, de personas hacia otras latitudes. ¿Cuál será el futuro de la identidad de estos centroamericanos hijos del desarraigo? Lo curioso de los procesos históricos es que solo se revelan a la distancia. Los contemporáneos a los eventos, son incapaces de vislumbrar sus alcances. A mediados del siglo XIX, una gran hambruna en Irlanda dio como resultado los minkiers, los nómadas irlandeses. Un grupo etnico cultural que se confunde con los gitanos tradicionales, pero con los que solo comparten el sino de ser un pueblo sin territorio.

Los minkiers representan en la actualidad una población que vive discriminada y sin reconocimiento a lo largo del archipiélago británico. No me resulta delirante imaginar a los centroamericanos del futuro convertidos en un grupo cultural errante.

La presión del cambio climático, traducido en catástrofes naturales y escasez de alimentos, serán los motores de una diáspora permanente. ¿Será posible que el estado permanente de migración logre acabar con la fragmentación impuesta por la geopolítica a los territorios del Istmo? Sería curioso que los centroamericanos nos percibieramos como tales, más allá de las fronteras, justo en el exilio.

Esa experiencia ya la tuve una vez. Yo era el único costarricense presente en un encuentro de artistas. Terminé acoplado con la delegación hondureña. Nuestras referencias culturales eran similares.

A la larga, las coordenadas culturales se presentan más importantes que las geográficas. Se construyen a partir de experiencias cotidianas, costumbres alimenticias, algunos ritos, memorias de un puente entre las Américas, esa especie de No-Lugar para los fines de la historia colonial.

Mi tatarabuelo llegó aquí ansiando ese No-Lugar. Huía de las guerras Carlistas que azotaban España. Encontró refugio en las montañas que todavía habitaban los Huetares, más allá del alcance de las leyes de las ciudades de los criollos.

Se casó con la tatarabuela, una mujer indigena, y ahí dio comienzo la historia de mi familia.

Una historia de huída y enmontañamiento, una historia que debe ser común a la mayoría de los centroamericanos, y que se sigue escribiendo en este momento. Hubo un tiempo que recorrí obsesivamente la ruta fluvial que sirve de límite entre Costa Rica y Nicaragua. Así fue como tuve mi encuentro con los mineros en El Castillo, así vi el flujo de personas que se internan entre las plantaciones de naranja para evitar los controles fronterizos.

Mi obsesión era de carácter histórico. Me resultaban sorprendentes todos los acontecimientos ligados a la navegación y control sobre el río. Su uso como único paso entre las costas Este y Oeste de Norteamérica, antes de la construcción del ferrocarril en los Estados Unidos, y mucho antes del Canal Interoceánico. Pero lo que más me inquietaba, era el profundo silencio que encontraba sobre todos estos acontecimientos en los libros donde había estudiado historia.

Las batallas por hacerse con la fortaleza de El Castillo, el bautizo de fuego de quien se convertiría en el Almirante Nelson, las cartas de Mark Twain describiendo el recorrido sobre el río, los vapores hundidos convertidos en islas, los bombardeos en la desembocadura en el Caribe. Dramas humanos, historias silenciadas por medio de la omisión.

No bastando este destino de pueblo en tránsito, nos hemos negado el derecho a recordar.

La tragedia consiste en que frente al desarraigo, las coordenadas para trazar un rumbo, solo pueden venir de la memoria

JOSÉ PABLO PORRAS MONGE

Fot́ógrafo, comunicador y docente